Su mirada bajó hacia sus piernas. Hizo un gesto de insatisfacción y suspiró.
-Sigue haciendo calor- Me reprochó.
-Es que no hay viento- Le respondí.
-Me quemo- Dijo frustrado.
-¿Y?
Se quedo callado. Una pequeña hoja seca cayó a su cabeza. Me miró lleno de asombro fingido y empezó a reírse.
-Hay que quedarnos aquí para siempre.
-¿No te querías ir?
-Ya no, me gusta aquí.
-¿Aquí?
-Si, como un lugar de escondite, tu eres la única que puede verlo.
-Soy especial.
-Eso creo.